Las trampas del tiempo
24 Mar, 2009Por Elías González *.
Conforme las sociedades han avanzado en libertades y derechos, y pese a que el discurso dominante reparte los ideales de la igualdad, en la práctica, las responsabilidades de la mujer en el campo laboral se han añadido a las que tradicionalmente la sociedad patriarcal le asignó, esas que en la caverna de los hogares se perpetúan, contando con una tolerancia social de tal dimensión y desfachatez, que la sociedad es capaz de hacer manifestaciones multitudinarias por cualquier motivo, pero no para la defensa de las mujeres secuestradas, violadas y asesinadas. Esa tolerancia social es de tal magnitud, que somos capaces de mirar con malos ojos a los fumadores, pero no a quienes hacen ostentación de dominio y vagancia: esos comodones para los que el matrimonio no tiene otro significado que dejar en manos de la mujer la responsabilidad de los hijos, la limpieza del hogar, la preparación de los alimentos, comodones y auténticos vampiros energéticos que si un día llegan a sacar la basura, lo hacen con nocturnidad para que el vecino no los vea.
Tal es la tolerancia social, tales siguen siendo las costumbres, que hasta las madres admiten que sus niños se comporten diferente que las niñas, que sean más dominantes, agresivos y comodones. El tiempo transcurre y esos niños crecen. La responsabilidad de los legisladores no se queda corta. En muchas ocasiones, el hurto famélico o los daños a la propiedad están castigados con penas gravísimas, si las comparamos con las que se destinan para el maltratador. Con relación a la actuación de los encargados del sistema de administración de justicia, aun en los países en los que el derecho de defensa y de presunción de inocencia brilla por su ausencia, probar el maltrato es más difícil que vencer las paredes del Mulhacén.
Se han creado instituciones públicas destinadas a ayudar a la mujer, se han aplicado recursos en sectores de la administración de justicia especializados en la violencia de género y los delitos sexuales, ha existido una actividad legislativa sin precedentes para penalizar la violencia de género, pero nada de eso resulta eficaz si el fondo cultural -incluído el de los jueces- es contradictorio: aunque seamos capaces de explorar el espacio exterior, individualmente y país por país, qué difícil es desterrar la ideología de la caverna. La cultura sigue estigmatizando los comportamientos de la mujer. La propaganda de los productos de limpieza sigue teniendo a la mujer como destinataria. Incalculables millones de páginas de Internet denigran su sexualidad. En algunos casos, el humor de mal gusto ha reemplazado al desprecio; en otros, convive con él.
No es por casualidad que precisamente la discriminación de la mujer es uno de los atávicos impedimentos para el desarrollo de los países pobres y motivo del atraso de los que no salen del todo de la pobreza. En otra de esas trampas del tiempo, los nuevos derechos y libertades no han tenido la fuerza suficiente para desterrar la secular prostitución de niñas y de adolescentes, que en aras del progreso moderno y del desarrollo sostenido del sector turístico son reclutadas para los cabarets y prostíbulos del primer mundo, auténticos campos de concentración que existen gracias la complicidad de las propias autoridades que están llamadas a impedirlo.
Mientras el tiempo transcurre, después de las grandes proclamas y los pequeños gestos realizados para el alivio de algunas conciencias, lo que reina es un terrible silencio: los salarios son desiguales, el tiempo de la mujer no tiene mismo valor que el del hombre.
Y no se trata de roles; se trata de algo más que igualdad: poner fin a la desvalorización de la mujer es un asunto de urgente justicia.
*Elías González es el Editor del sitio www.eticaglobal.net . Etica Global realiza un loable aporte al pensar social, al ser y deber ser en el contexto impactado por el proceso de globalización que vivimos y a la ética como camino posible y necesario.
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